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Universo de A¡Bienvenido!,ya sea porque encontraste este lugar por casualidad o buscandolo,espero que te pueda ser util y que te agrade ir descubriendo este nuevo "universo" personal en el que iré poniendo cosas que me resulten interesantes, ah,y deja algun comentario! |
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¡Gracias por tu visita!, ¿porque no firmas y dejas constancia de tu paso por aquí?, espero que te haya gustado Universo de A y que vuelvas pronto para redescubrirlo. Nota: Este libro de visitas sirve para que escribáis mensajes generales, primeras impresiones o valoraciones del espacio; con lo que no contesto a los mensajes aquí puestos, no obstante, siempre contestaré a los comentarios que se realizan en los artículos o entradas publicados
albertewrote:
es un espacio diverso, plural, y muy entretenido. Me gusta especialmente La herencia del Rey loco. Sigue así!
Dec. 7
gabriela rodriguezwrote:
Ya estoy aquí para dejar constancia de mi omnipresencia. Mañana con más detenimiento entraré a profundizar en algunas secciones (espero que para bien). Un besito.
Sept. 14
Andrés Fernández Lasowrote:
Hola A,
Escribiste en mi espacio y mencionaste que tenias una sección similar a la mía en tu blog pero no he podido encontrarla, aun así me gustaría agradecerte que me escribieras y comentaras mi reseña sobre Harry Potter. Día a día sigo leyendo y conocoiendo cosas nuevas y, como he podido ver en tu espacio, compartimos la costumbre de darlas a conocer para aquellos que a bien las quieran leer. Tienes mi más sincero agradecimiento por entrar en mi blog y comentar y espero que puedas decirme donde encontrar tu sección de libros.
May 16
Eñ
wrote:
me ncanta tu space! es mu bueno, volvere mucho si sigues así!
Dec. 30
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November 07 Historia y cotilleos ¡Es increíble cuanto hace que no escribo en esta sección! (y no será porque no halla vivencias personales interesantes); bueno, esta la he recordado con motivo de la publicación de ese último gran artículo de la sección Historia: Reinas trágicas; así que viene muy a cuento.
En fin, vamos al tema, el caso es que yo he sido siempre más de letras que de ciencias (por si nunca os habéis dado cuenta leyendo Universo de A, que ya es difícil), adorador del arte frente a la ciencia; por lo que no es de extrañar que detestara las matemáticas, y hace muchos años (en la educación secundaria, creo) una de mis profesoras de esta materia no le resultaba agradable este escaso interés, por lo tanto, un día me dijo con descaro:
"mira, a ti te gusta la historia solamente porque eres tan cotilla que no te conformas sólo con saber lo que les pasa a las personas de ahora, también tienes que saber lo que les pasaba a los de hace cien años"
Pero como lo dice una persona de ciencias no cuenta; de todos modos no me considero cotilla, y mucha gente me ha dicho que no lo soy tras contarles esta misma anécdota, y otra gran prueba de ello es que en este blog no hay una sección llamada "corazón"... juejue, en fin, aunque supongo que sí me encanta conocer cosas del pasado, en eso le doy la razón.
Supongo que siempre cuento esta anécdota (y ahora la escribo aquí) porque me pareció una salida muy ingeniosa y una explicación muy graciosa de mi gusto por la historia; aunque siempre quedará la gran pregunta: ¿se puede equiparar el querer saber si la Princesa de Éboli se acostó con Antonio Pérez con saber si Paris Hilton hizo o no un nuevo video pornográfico?; es decir, formulándo la pregunta de una forma más genérica: ¿los historiadores y los aficcionados a ella somos en realidad unos cotillas del pasado? juejue, en fin, a saber.
November 06 Reinas trágicas IParte 1
¡llega otro artículo que hacía tiempo que deseaba publicar! (y que he tenido que dividir en dos partes debido a su inesperada longitud); hoy tratamos sobre mujeres, mujeres que parecía que tenían un gran destino, que daba la impresión de que habían nacido para tener todos los privilegios y hacer grandes cosas (ya fuera como Reinas titulares o consortes) y sin embargo se vieron atrapadas en jaulas de oro, en situaciones imposibles y terriblemente trágicas (a pesar de su posición) que acabaron determinando sus vidas; lo cierto es que ellas lucharon con todas sus fuerzas para evitar su hado, pero al final, todas ellas sucumbieron, lo que nos hace ver que, quizás, si alguien tiene verdaderamente un destino trágico no podrá escapar de él, o al menos eso parece decir la historia:
-Juana I de Castilla (1479-1555): más conocida como Juana “la loca”, esta poco reconocida mujer es el origen de todo el imperio español y sin embargo fue traicionada sucesivamente por su marido, su padre e incluso su hijo. La Infanta Juana había nacido como una más de las hijas de los Reyes católicos (concretamente la tercera), en principio sin posibilidades de llegar a sucederlos, pero ya se verá que pasó otra cosa. Eso se debió a la política matrimonial que los monarcas, que habían planeado muy hábilmente para sus hijos, fue así como una joven Juana partió para un lugar totalmente desconocido alejándose de su familia para ir a parar a un marido del que apenas sabía poco más que qué era hijo del emperador del sacro imperio romano germánico. El viaje, que en aquella época era todo un riesgo mortal, no fue tranquilo y se perdió un barco. A la llegada de la nueva Archiduquesa no apareció nadie para recibirla, puesto que la corte borgoñona además de mucho más laxa de moral, era más partidaria de una alianza con Francia que con Castilla, cosa que Felipe (el futuro marido) no veía con malos ojos. Supuestamente hubo amor a primera vista (lo cierto es que el Archiduque celebró el matrimonio inmediatamente después de conocerla y la Infanta no se opuso), pero rápidamente surgieron los problemas, Felipe comenzó con sus infidelidades y eso provocaba terribles celos en Juana (lo cual no es razón para llamarla loca, ya su abuela y su madre –sí, la misma Isabel la católica- habían tenido ese problema con sus respectivos maridos), de modo que su amor se convirtió en una obsesión (aunque, ¿hasta que punto una mujer actual no haría algo así?). Felipe por su parte, se negaba a cambiar, y el mito de la locura de Juana comenzaba, muy especialmente con determinados episodios como el de las tijeras y la cortesana, en el que, al saber Juana que una de sus damas era amante de su marido, pidió que la agarraran y le cortó todo el pelo. La muerte de los primeros Infantes conducirá inesperadamente a Juana al trono y provocará en breve tiempo el cambio de dinastía; la Archiduquesa pasa a ser la Reina titular y su marido el consorte. En el viaje a España pasaron por Francia, donde (prueba del buen juicio de Juana), el Rey francés hizo casi de improviso una especie de ceremonia de vasallaje que Felipe aceptó, pero que Juana se negó a realizar, como hija de los Reyes católicos que era. Ya en España pronto el nuevo Rey se cansará de ser el eterno segundón, y pronto, entre infidelidad e infidelidad (las cuales no hará cuando le convenga, el muy hipócrita sabía contenerse cuando debía de hacerle el cuento a su enamorada esposa), con ayuda de nobles flamencos, intrigará para ser titular ya que su esposa está loca y por tanto no puede ocuparse de sus funciones. Sorprendentemente lo conseguirá, por encima con ayuda del padre de Juana, Fernando el católico, que se convierte en cogobernante, pero dada la mala relación de ambos, el segundo acaba retirándose de Castilla mientras el primero, aguantará poco tiempo, pues morirá. Mientras, Fernando amenazaba la unidad tan deseada de la península con un segundo matrimonio que no dio ningún fruto y con el que hubiera privado a Juana de la corona de Aragón. Parecía que con la muerte de su marido había llegado el momento de Juana, pero ella, de una fidelidad absoluta, de la que su marido era tan indigno, decide cumplir su último deseo de ser enterrado en Granada y comienza así una larga comitiva de luto permanente; la reina no quiere atender los asuntos de estado, sólo quiere velar por su marido muerto y su tristeza no tiene parangón, aunque de forma inmerecida, él era el ser que ella más amaba. Sin embargo esta procesión sólo será peor para ella, pues acabará siendo un argumento más para verla como loca, y los que la acompañan acaban cansándose pronto. El padre, como si no hubiera hecho ya bastante, vuelve a ser llamado como regente y la comitiva nunca llegará a Granada, puesto que Juana será encerrada, ya para el resto de su vida, 46 años nada menos (parecía que el destino quería torturarla con una larga vida), en Tordesillas. A partir de aquí comienza en mi opinión, la parte menos conocida pero más interesante de la vida de la reina. Su hijo no la sacó del encierro, y aunque nunca fue declarada incapaz por las cortes, ni se le retiraron sus títulos, lo cierto es que ella permanecía encarcelada siendo la más grande de las reinas de su tiempo; aunque de eso se ocuparon bien su padre y su hijo de que nadie lo supiera, puesto que al fin y al cabo, la mujer era un estorbo político, ya que si la gente se enteraba de que realmente estaba cuerda, rápidamente serían tachados de usurpadores, al fin y al cabo, Juana era la reina legítima y más castellana que ellos. Carlos I puso a cargo del encierro a los marqueses de Denia, personajes crueles, que, dado que el emperador no visitaba a su madre nunca, podían pedir todo lo que quisieran bajo la excusa de que era para la reina y para la infanta póstuma que vivía con ella (Catalina, la cual era muy protegida por su madre, ya que no se la podía visitar sin pasar por su habitación, se convirtió así en la razón de la existencia de Juana), cuando en realidad, se lo quedaban todo ellos (cosa que el monarca ignoraba). Semejante mala vida hubiera podido acabar durante uno de los múltiples viajes que Carlos I haría por toda Europa cuando se levantó el movimiento comunero, sí, al fin era liberada de los malvados marqueses y los nobles querían proclamar a todo el mundo que no estaba loca y que todo había sido un complot político, esta era la gran oportunidad de Juana, pero una vez más la perdió su buena intención, ciertamente quería castigar los abusos de los flamencos, cierto que deseaba que su pueblo estuviera bien y que se alegraba de saber algo del mundo exterior de nuevo, pero la reina no quería firmar ningún documento por más que los nobles sublevados le insistían, ella no quería deslegitimar a su hijo ni perjudicarle. El tiempo pasó, Carlos I (ya V del sacro imperio romano germánico) volvió, y a la pobre reina se le fue restablecida su cautividad con más fuerza aún que antes, y con los mismos crueles carceleros, incluso se investigaron sus responsabilidades en todo aquel asunto y también a su hija, que resultó ser la más implicada. No sería el último disgusto para esta reina desgraciada, que aún tendría que ver como le arrebataban a su hija para casarla con el Rey de Portugal, cosa que esta, aún con mucho pesar, acabó accediendo ante las insistencias de su hermano pero muy preocupada por su pobre madre a la que en todo momento había intentado mejorar la existencia. Fue así como sola y abandonada por todos, la gran Reina, ya con fuerte tendencia a la depresión, se sumió aún más en la tristeza. Por si fuera poco, esa figura misteriosa acabó siendo vista por el pueblo como que estaba endemoniada o embrujada, de hecho, ella misma llegó a creerlo, al fin y al cabo, tantas desgracias tenían que tener alguna explicación. Finalmente, murió a los 75 años, tan sola y abandonada como había vivido. -María I de Escocia (1542-1587): también conocida como María Estuardo, llevó una vida llena de desgracias incontables, y a pesar de luchar con uñas y dientes por su reino, por su vida y por sus derechos, nada sirvió para lo que la historia parecía haber preparado inevitablemente para ella. María nació en pleno debate sucesorio, y, sino fuera porque todos los otros pretendientes murieron, quizás ella no hubiese heredado la corona (y posiblemente hubiese sido más feliz); la cuestión es que otro de los que falleció fue su padre, el Rey Jacobo V, hay quien dice de cólera, y otros por la presión de un reino con unos nobles insoportablemente levantiscos y una Inglaterra obsesionada con llevar a cabo la unificación de la isla. Por si fuera poco, al saber el sexo del bebé que acababa de nacer, el monarca creyó que era el fin de su dinastía. Con tan sólo seis días de edad, María fue proclamada Reina de escocia. Su madre consiguió hacerse con la regencia y comienzan las negociaciones de con quien se casará ese bebé; los ingleses desde luego están dispuestos a obligar a Escocia a ese matrimonio (en cierto modo parece premonitorio del trágico destino al que estaría arrastrada María Estuardo el hecho de que se vertiera tanta sangre cuando ni siquiera esta era consciente de su existencia). Los ingleses estaban ganando, y María de Guisa cada vez temía más por su hija, y, como tradicionalmente el reino había estado aliado con Francia, decidió entregar a su hija al Delfín en matrimonio, y así también obtendría la protección de estar en la corte francesa de Enrique II, fue así, como María I se despidió de su madre con tan sólo 5 años para no volver a verla jamás; y lo peor de eso, es que en realidad se dirigía a los que serían los mejores años de su vida. María vivió 10 años felices (o al menos de paz) en Francia, donde se desarrolló como una mujer culta e inteligente, alegre y hermosa, primero como Delfina y después como Reina. Pero en ese tiempo, Enrique II cuando vio como moría Enrique VIII, y después María I de Inglaterra; rápidamente le insistió a su hija política a reclamar la corona inglesa sobre la que ostentaba ciertos derechos; esa ambición desmedida le acarrearía a la jovencísima María el odio de la que sí sería coronada como Reina de Inglaterra: su prima Isabel I; que nunca olvidaría esa declaración. El marido de María Estuardo se convirtió en Rey de Francia, pero aquel muchacho enfermizo no duró demasiado, y dado que la pareja no había tenido hijos, María ya no tenía nada que hacer en la corte francesa, y más teniendo otro reino propio pues su madre había muerto en el mismo año que su marido. Con sólo 18 años, la Reina de Escocia se encaminaba al principio de sus desgracias. El complejo reino al que se dirigía, vivía en plena agitación, aunque tradicionalmente había sido católico, muchos de sus nobles se estaban uniendo al protestantismo (y otros eran directamente sobornados por la primita Isabel), y un fanático y peligroso predicador llamado John Knox que hablaba de que había que “acabar con aquella puta católica” pues no ayudaba. Su hermanastro ilegítimo que había estado dirigiendo el reino hasta entonces y que era protestante, tampoco parecía muy contento de su llegada. Sin embargo, la Reina (a pesar de su profundo catolicismo) decidió optar (aunque como ya hemos visto tampoco tenía mucha más opción) por un régimen de tolerancia y por mantener al bastardo hermano como principal consejero, dejándole casi las riendas del gobierno mientras ella hacía las tareas representativas; al fin y al cabo, a pesar de su sabiduría, su inexperiencia no jugaba a su favor. Mientras, María I intentó comenzar una buena relación con Isabel I, o al menos tantearla y ver que pretendía; su correspondencia fue tan amistosa como hipócrita, ambas mostraban muy buenas intenciones y muy buenas palabras, pero ninguna estaba dispuesta a cumplirlas e Isabel incluso enviaba dardos envenenados como la propuesta para su matrimonio de un Robert Dudley, hombre que todo el mundo sabía que había sido amante de la que sería conocida como “la Reina virgen”; una humillación en toda regla hacia la Reina de Escocia. Pero la monarca debía de casarse, se barajaron todo tipo de posibilidades, todas las cortes enviaron representantes, pero finalmente se acabó decidiendo que un Rey extranjero (a pesar de ser consorte), no sólo arrastraría a la Reina titular fuera del país, sino que además intentaría dominarlo; el elegido fue un importante noble nacional descendiente de reyes, Lord Darnley, lider católico, lo cual no sentó nada bien al hermanastro de la Reina (ni tampoco a Isabel I, que vio como un aristócrata inglés con también derechos a la corona inglesa juntaba aún más posibilidades a la corona escocesa) que rápidamente vio como todo su poder peligraba, así que se apresuró a traicionarla y a organizar una rebelión con los demás nobles protestantes; en una de las pocas veces en las que María tuvo suerte en la vida, venció a los rebeldes y se consolidó en el trono a ella y a sus creencias, todas las personas peligrosas fueron mandadas al exilio (una opción demasiado piadosa por parte de la Reina). María I se entregó con amor a su nuevo marido, que pronto demostró no ser merecedor de ello, arrogante, vanidoso y paranoico, su absurda ambición no tenía límites y cogía todo lo que María le daba con amor con desprecio, además de pretender querer ser titulado “Rey”. Así que María, desesperada y frustrada, buscó refugio en sus viejas amigas las artes, a lo cual le ayudó el músico italiano Rizzio, que se convertiría en su secretario privado y en su mejor amigo, haciendo ciertas incursiones en política, gracias a la influencia que tenía sobre la Reina. Pero rápidamente a los nobles escoceses les empezó a resultar desagradable ese consejero y no dudaron en susurrar a los oídos del marido de la Reina y de hacerle creer todo tipo de mentiras, consiguiendo finalmente que el débil, estúpido e imprudente hombre aceptara para servirles de escudo protector en el caso de que el único plan que sabían llevar a cabo los nobles escoceses desde hace siglos fallara: el asesinato. La Reina se encontraba en sus aposentos con algunos cortesanos, el consorte entró y naturalmente nadie le negó el paso a los que venían con él, que rápidamente cogieron a Rizzio, que sabiendo el odio que le tenían, sabía lo que le iban a hacer, y agarrándose a las faldas de su protectora gritaba desesperado “¡mia regina!” habiendo perdido totalmente la compostura; mientras María I entre asustada, furiosa y asombrada no paraba de gritar que qué significaba aquello y que se detuvieran inmediatamente; pero la detenida fue ella, retenida en sus aposentos y obligada a permanecer allí a pesar de sus intentos y su desesperación, oyó como se arrastraba a Rizzio que gritaba sin parar por todo el castillo, hasta que se le llevó al patio donde fue asesinado brutalmente de una paliza. Acabado todo, la Reina preguntó con entereza “¿soy la siguiente?”, los asesinos, respetuosos, se retiraron, mientras ella, sabiendo de la complicidad de su marido lo golpeaba, mientras él le decía que aquello era necesario, y que debía de reconocer que lo había tenido descuidado, cosa que no debía de pasar. María Estuardo lloró mucho la muerte de su mejor amigo, pero se recompuso astutamente para seducir a su marido y que este le rebelara quienes habían sido los traidores, lo hizo y los lores fueron castigados. Finalmente María I tuvo a su hijo Jacobo, ahora, y después de todo lo que había pasado, la Reina ya ni necesitaba a Darnley ni quería saber nada de él. Él por su parte tuvo pataletas e intentó volver a estar con la Reina, llegando a intentar chantajearla con decir que su hijo no era suyo, María consiguió hacérselo admitir públicamente. Mientras, la Reina había encontrado otro hombre fuerte del que se estaba enamorando, el conde de Bothwell, peligroso aventurero que hay quien afirma que lo que deseaba de la Reina era más la corona que la mujer y hará todo tipo de gestiones para asegurarse de que esa boda sea válida en el caso de que se llegase a celebrar, todo parecía atado y bien atado y su posición asegurada, pero parecía no recordar la facilidad con la que los nobles escoceses cambiaban de opinión. Darnley, enfermo en un castillo familiar, donde era visitado por la Reina (se llegó a creer en una reconciliación) fue convencido por esta para volver a la capital, pero antes de la entrada se alojó en una casa, que explotó, aunque se dice que fue asesinado antes de esto. Si María I sabía lo que iba a pasar o no, los historiadores difieren (de hecho es uno de esos personajes históricos que o se santifican o se demonizan); lo que si es cierto, es que aquella muerte que parecía una gran solución a la vida de la monarca fue el principio del fin para ella. María I fue raptada por Bothwell y acabó casándose con él, no en la gran ceremonia que se creía, sino prácticamente en secreto; los nobles se levantaron contra ambos, se preparaba una guerra civil, pero la Reina la evitó aceptando sus condiciones pero pidiendo que dejaran ir a su reciente marido (el cual acabaría encarcelado muy lejos de Inglaterra y enloqueciendo en su presidio). Los aristócratas no cumplieron su promesa, por el contrario, encarcelaron a la soberana en un castillo en una isla, y acabaron haciéndola abdicar en su hijo, que tan sólo contaba con un año. Pero ella nunca dejo de luchar, y con su particular encanto que había demostrado toda su vida, consiguió encontrar aliados en aquella prisión y escapar disfrazada. Trató de recuperar el poder, pero su ejército fue derrotado, ¿Qué iba a hacer ahora?, no le quedó más remedio que huir a Inglaterra donde tal vez su “querida prima” (que no la había querido ver nunca en persona y que jamás vería) la ayudaría. Como era de esperar, Isabel I rápidamente la “alojó como huésped”, aunque pronto descubriría la antes soberana que en realidad estaba en una prisión, y no sólo eso, la “virgen” se decidió a iniciar una investigación y un juicio por el asesinato de Lord Darnley (la monarca inglesa probablemente no lo sabía, pero con esa acción acababa de quitarle la invulnerabilidad a la Realeza, la cual según los preceptos del antiguo régimen no tenía más juez que Dios, pues por algo eran monarcas por la gracia de Dios, argumento de María daría continuamente en su juicio, haciendo ver que no aceptaba la autoridad de aquel tribunal de hombres). María siguió luchando incansablemente, intrigó de todas las formas posibles, enviaba mensajes a través de la ropa, de criados… etc, las cortes extranjeras los recibían y se preguntaban si debían intervenir ante la inadmisible situación de la Reina de Escocia; ahora María Estuardo acepta todos los prometidos que le proponen, todas las alianzas, ella sólo quiere vivir. Felipe II de España se plantea muy seriamente intervenir para liberar a esa pobre cautiva y a esa nación dominada por aquella peligrosa hereje que no ha parado ni por un segundo de perseguir católicos desde que ha llegado al trono, pero el conocido como Rey prudente espera demasiado, y aún cuando interviene, el resultado es catastrófico para España (la armada invencible). Sí, Isabel, busca, falsifica, da ordenes contradictorias a los que la rodean, no se atreve a acabar con una monarca ungida por Dios pero quiere hacerlo, mientras viva su prima siempre será una amenaza para su trono y ella no está dispuesta a permitir eso, caiga quien caiga. María mientras tanto intrigaba, aunque los historiadores no alcanzan un acuerdo de si realmente pretendía el asesinato de Isabel I. En cualquier caso, fue juzgada por ello y declarada culpable; su ejecución, o más bien asesinato fue horrible, hasta tres veces tuvo que cortar el hacha su cuello, y ella aún viva. Sin embargo, hay quien quiere ver un postrer triunfo en la Reina de Escocia, pues Isabel I, totalmente estéril, acabó dejando el trono de Inglaterra al hijo de María, Jacobo, que acabaría con la dinastía de los Tudor en Inglaterra y comenzaría con la de los Estuardo, y que, además trasladaría los restos de su madre a la abadía de Webminster, donde descansan, al lado de los de Isabel; aunque, ¿hasta que punto compensa eso una vida tan terrible?. -María Antonieta (1755-1793): hija de la gran Emperatriz María Teresa de Austria, llego al trono de Francia como consorte en un momento en el que la Reina, como pieza más delicada de la monarquía iba a ser desprestigiada (como sucedió en otros muchos países como España, Portugal o Inglaterra; y prueba de que todos esos hechos no fueron casualidad, siglos más tarde pasaba lo mismo en Rusia) lo más posible, con el objeto de hacer caer también a la institución. No se puede decir que la vida de la joven archiduquesa empezara mal, hija de una gran monarca (a la que llamaban la suegra de Europa), se libró de la estrictísima educación que habían recibido los primeros hijos (ella era la decimoquinta) pues ya compartía maestros y ayos con sus hermanos pequeños; sin embargo, sus estudios no le importaban demasiado, era despistada por naturaleza. Su matrimonio se acuerda, como no, sin tener nada que ver ella, con el Delfín Luis, heredero al trono francés; se dice que no todos aceptaron con buen gusto esa unión, y que las propias hijas de Luis XV empezaron a llamarla “la austriaca”, sobrenombre despreciativo que llegaría a tener mucha importancia (el pueblo más tarde lo modificaría y la llamaría la “austrichienne” –traducido muy a la ligera “la austriperra”-.). En la nueva corte pronto surgen los problemas, no se adapta al riguroso protocolo (en Austria tenía un ambiente más familiar; aunque siendo sinceros, ni el propio Luís XV conseguía sobrellevar aquellas inmensas y permanentes tareas de representación constante y de egolatría que tan bien se le daban a su abuelo Luís XIV) al que su “tutora” la condesa de Noailles (y que ella llamaba “madame etiqueta”) no la deja escapar. Pero eso es pura minucia en comparación con la rival que pronto tuvo; lo cierto es que la reciente Delfina no puede soportar que el Rey tenga una amante a la que luzca en todo momento, y menos una tan vulgar que todo el mundo sabe que salió de lo más bajo de París (en Austria no había nada de eso, María Teresa se había encargado de eliminar las cortesanas de pleno y había instaurado una rígida moral). Comienza así una lucha, una en la que la Delfina no lleva las de ganar, puesto que su posición en la corte es de todo menos segura, su marido no se acuesta con ella, y mientras ella no cumpla su función principal (dar hijos) la alianza tan hábilmente trazada por su madre puede irse a pique (ya se ha visto lo que pasó con María Estuardo, tan pronto murió su marido y ella no tuvo descendencia) y ella podría verse deshonrada, como una amargada tía suya que no hace sino lamentarse por no haberse casado nunca (curiosamente estuvo prometida a Luís XV) y por la perdida de su belleza después de pasar la escarlatina. La amante en cuestión es la Du Barry, que no puede hablar con la delfina por cuestiones de protocolo, pero que rabia por hacerlo, aunque esta, no quiere saber nada de ella y la ignora con el mayor desdén; pronto la amante está llorando al Rey por ello, y la cuestión incluso se vuelve internacional cuando el mismo embajador de Austria, Mercy, en nombre de la Emperatriz exija a la Delfina ceder (sino lo hace sería como reprobar el comportamiento del Rey); así, María Antonieta tiene que dejar de lado su orgullo (que no le falta) y le dirá en la galería de los espejos seis únicas palabras, que serán también las últimas: “hoy hay mucha gente en Versalles”. A pesar de todo, sus problemas nunca terminan, la Emperatriz siempre le está recriminando el que ya no lo intente con su marido, el que debe ser prudente… etc. Luís XV muere y ella se convierte en Reina, como se dice que dijeron los esposos al saberlo “Dios mío protégenos somos demasiado jóvenes para reinar”. Sí, ahora tiene el poder, ¡así que fuera gente aburrida!, ahora su corte será un sitio de diversión. Se ha dicho que intentó influir en política, pero es muy dudoso teniendo en cuenta su carácter, el cual ni siquiera le permitía leer una carta entera sin aburrirse antes. Pero pronto sus diversiones y frivolidades que no pueden ser controladas por nadie (a su marido ni se le ocurre) empiezan a ser excesivas, va a la ópera a París y vuelve a las 4 de la mañana o organiza veladas de juego que nunca acaban y a las que entra gente de muy dudosa procedencia, todo vale mientras traigan dinero y la consorte despilfarra dinero a manos llenas; eso sin nombrar la moda, que lleva a los mayores excesos, como pelucas de alturas innombrables que incluso reproducen paisajes. Todas estas acciones tal vez sean terribles para una Reina, pero no para la adolescente sin guía que era. En cualquier caso, si algo era más peligroso que su gusto por esa peligrosa ociosidad, eran los amigos, al principio de la alta nobleza y por tanto no excesivamente terribles; pero pronto se fijaría en la peor influencia: la condesa de Polignac, cuyos ojos azules atrajeron a la monarca y le hicieron preguntarle porque no se la veía mucho en la corte, ella respondió que no podía pagarse la representación; pero rápidamente María Antonieta lo arregló, y pronto todo valió para ganarse una sonrisa de la Polignac (cuya familia de baja nobleza no dejaba de ascender y ganar todo tipo de puestos) llegando incluso a representarse una obra que había sido expresamente prohibida por el Rey por su contenido revolucionario. Eso provocó algo peor, el aumento de la distanciación con el resto de la corte, a la que empezó a ignorar, y que acabó detestándola y creando los primeros panfletos en contra de la consorte (ninguna revolución la empiezan los de abajo; siempre son interesados de arriba). La Reina empieza a volverse impopular, y su frivolidad no ayuda a que dejen de crearse leyendas como la de “que coman pasteles” o el asunto del collar en el que ella no tuvo nada que ver y que tan, profundo e irreversible desprestigio le causó (una estafadora usó el nombre de la Reina para que un cardenal comprara un collar con el que ella se quedó; el pueblo trazó una espiral de lujuria, despilfarro y perversión; y el hecho de que el parlamento no condenara al vicioso cardenal insinuaba ante todo el mundo que la Reina si había tenido algo que ver). Por encima, mientras tanto Luis XVI alentaba y ayudaba a los rebeldes norteamericanos contra Inglaterra en su guerra de la independencia, precedente de la revolución francesa. María Antonieta, por fin tiene hijos, la visita de su hermano y el dialogo con Luís XVI que padecía una enfermedad (sífilis) y la consecuente operación han dado resultado, dos hijos dará la consorte, incluido un heredero que ya nunca gobernará. Es entonces cuando la Reina cambia, se acomoda, se calma y cede a todo lo que exige el pueblo, pero las críticas no cesan, ya parecen imparables, ella ya sólo puede decir “¿¡que más quieren de mi!?” está dispuesta a renunciar a todo. Pero los panfletos ya han alcanzado una brutalidad tremenda, se habla de orgías en el pequeño trianón, de hijos bastardos, de maridos carnudos, de prácticas lésbicas; María Antonieta simplemente decide ignorarlo, es demasiado doloroso. Y todo esto no lo mejora el mal momento de Francia: guerras perdidas, malas cosechas… y sobre todo falta de fondos. Los famosos estados generales convocados por Luís XVI no ayudan en absoluto, y la más terrible crisis se cierne sobre el país y sobre la monarquía. Todo culmina cuando una manifestación de mujeres (aunque de esas había más bien pocas) se dirige a Versalles con el deseo de pedir pan (en realidad mucho más); al Rey se le pide que tome una decisión, que huya, que frene al pueblo yendo él en su caballo, pero él es un permanente indeciso, no hace nada, y María Antonieta sólo es la consorte, tampoco puede hacerlo. La manifestación llega al palacio, el Rey, siempre con una permanente buena voluntad acepta recibir representantes que pasan por los pasillos por los que antes sólo la nobleza pasada por cinco filtros de sangre azul podría haber caminado (y que a esta altura ha huido mayoritariamente; en parte por petición de los monarcas que han reducido su aparato para evitar rebeliones, pero como le dijo un político al Rey “no señor, esto no es una rebelión –refiriéndose a la toma de la bastilla, ¡es una revolución!”-), algunos se echan atrás, pero las que llegan descubren una amabilidad absoluta, el monarca cede a todo; pero cuando bajan, corre la voz de que en realidad han sido sobornados, la situación se pone aún más peligrosa y el Rey es humillado públicamente siendo obligado a salir al balcón a prometerlo todo, pronto no será lo único que pidan, quieren ver a la odiada austriaca, la cual se niega a salir por dignidad, pero la insistencia terrible la obligará a hacerlo. En realidad, a pesar de eso, ella nunca creerá que el pueblo realmente se así, ella siempre habla del “bon peuple” pero cree que está manipulado por gente mala y revolucionarios sin escrúpulos. La noche no será tampoco tranquila, cuando parece que todo se ha tranquilizado y todos duermen, comienza un asalto al palacio, uno particularmente peculiar, puesto que los asaltantes saben exactamente como llegar a los aposentos de la Reina, aún sin haber entrado nunca a palacio; varios guardias mueren, la Reina despierta, coge a sus hijos y huye desesperada a la habitación de su marido que no parece despertar por más que llaman a la puerta, María Antonieta pudo haber muerto esa misma noche (y quizás eso no hubiera sido tan terrible para ella). Todo acaba con el populacho gritando al amanecer “¡El Rey a París!” (todo con muy buenas intenciones de superficie, pero el fondo lo saben todos cual es), Luís XVI se ve obligado a ceder; si María Antonieta pensó que esa había sido una noche terrible, en realidad no era nada comparado con lo que esperaba, a partir de ese momento pagará muy caro cada uno de sus segundos de diversión del pasado compensándolos ampliamente con un dolor, sufrimiento y angustia permanente. Al llegar a París, el alcalde los recibe con la mayor de las apariencias posibles (démonos cuenta de que la idea de acabar con la monarquía era demasiado excesiva aún) dándoles las gracias por abandonar Versalles y venir a vivir a junto de sus subditos que tanto los quieren (supongo que algunas de las amenazas que escucharon mientras hacían el viaje eran en realidad cumplidos). Los Reyes entran en el palacio de las Tullerías en el que hace décadas que no vive nadie, el pequeño Delfín se queja de un sitio tan deprimente, a lo que su madre, María Antonieta responde “hijo, tu ascendiente Luís XIV vivió aquí y se encontró bien, y nosotros no podemos ser más que él”. Sin duda en la nueva asamblea constituyente que inaugura ese poco esforzado intento de monarquía constitucional hay monárquicos, pero también gente peligrosa y muy ambiciosa que no dudará en hacer lo que sea para alcanzar el poder. El Rey, que ha sido educado para saber que ostenta esa dignidad por la gracia de Dios, no puede admitir muchas de las cosas que se proponen, y no deja de utilizar su poder de veto, motivo por el que pasa a ser conocido como “don Veto” por el pueblo, aumentando su ira. Es ahora, y ahí reside toda su grandeza, cuando la Reina que siempre ha sido díscola y frívola, la que no era capaz de leer una carta hasta la mitad por puro aburrimiento, cuando se implica seriamente en la diplomacia (aunque sus críticos hablan de viles intrigas), ahora escribe a todas las cortes europeas, habla con todos los políticos, recibe a quien haga falta para mejorar la situación, pero siempre sin perder la dignidad (otra cosa que la acompañará durante toda su vida, incluso en los peores momentos). Pronto los monarcas son conscientes de que no son libres, en un esperado intento fallido de hacer una salida de fin de semana, rápidamente corre por todo París el rumor de que los Reyes pretenden huir, y toda la ciudad se presenta en el palacio exigiendo que no salgan, no les queda más remedio que ceder, pero María Antonieta le dice a un ministro “ya véis que no somos libres”. Precisamente por eso se prepara su huída, conocida como la huída de Varennes, pero son identificados y apresados en esa ciudad. Eso lo ha empeorado todo, y ahora la revolución parece no tener límites, se suceden los asaltos a las Tullerías en las que una masa carente de raciocinio acaba con todo lo que hay a su paso; llegan a las habitaciones del Rey, el siempre, bueno hasta llegar a ser tonto, cede en todo, ¿Qué hay que ponerse el gorro revolucionario?, se pone. No María Antonieta, que cuando, aún estando contra una esquina de sus habitaciones, protegiendo a sus hijos y con sólo unos pocos guardias para ayudarla mientras toda una masa la insulta, y le dice cosas horribles, e incluso cuando le dicen, con el mayor de los cinismos “comprended señora, que el pueblo os amaría tanto como a esa niño si cedierais en algo”, ella sólo responde con tranquilidad y sobre todo dignidad que no ve amor en ninguna parte y se niega en rotundo a que le pongan el gorro revolucionario al Delfín, cosa que podría haber sido el último acto de su vida; pero no, el destino le tiene preparadas más desgracias. Se acaba con el poder real y los monarcas van a parar a la prisión del Temple, donde sus carceleros no consiguen ver al “sanguinario Capeto” por ninguna parte, sólo ven a un hombre bonachón que juega con su hijo, totalmente inasimilable a la versión del monstruo que les habían pintado. Pero la revolución sólo ha empezado a segar vidas, todo el mundo cae, y los primeros, los aristócratas (algo irónico teniendo en cuenta que algunos de ellos intrigaron contra la Familia Real, consiguiendo ese final para ellos mismos); el mayor dolor para la Reina será cuando traigan a las puertas de su prisión el cuerpo descuartizado de su gran amiga (y según las mentiras revolucionarias, también amante) la pobre Princesa de Lamballe, buena persona que se negaba a huir cuando los demás se habían ido, que volvió de Inglaterra para ayudar a su pobre Familia (era la cuñada de María Antonieta) arriesgando su vida, y perdiéndola finalmente de una forma brutal e inhumana (se dice que hasta se bebió su sangre). Sí, quieren enseñarle a la “puta austriaca” lo que también van a hacer con ella; la Reina, por primera vez (diría su hija en sus memorias) pierde las formas y se desmaya. El carcelero quiere evitar un asalto, así que felicita a la masa por su gran hazaña y les pide que vayan a enseñarlo a todo París. Aislados en aquel lugar al que sólo les traen disgustos, no ven como cambia la Francia sobre la que antes reinaban, como la inestabilidad es cada vez mayor y como la idea de democracia pronto desaparece por la de dictadura, la de la Convención, que rápidamente propone juzgar al “asesino Capeto”; aunque la votación es muy justa, el Rey es condenado a muerte, su esposa no puede más, todas sus luchas no parecen tener ningún sentido. Sin embargo, su ejecución será digna (va en carruaje cerrado), o por lo menos, mucho mejor que la que tendrá su esposa unos años después. Ahora está sola, o al menos a la cabeza de su familia, la acompañan una cuñada, su hija y su hijo; aunque a este pronto se lo arrebatan, para evitar que su desnaturalizada madre corrompa más al Delfín. La gran hija de María Teresa de Austria cada vez está más sola, pero aún quedan cosas terribles por llegar. Así, comienza a aparecer la idea de hacer otro juicio contra “la austriaca” pero esta se niega a reconocer la autoridad del tribunal, y lo cierto es que no hay gran cosa de la que acusarla, pero quien quiere encontrar motivos siempre los encuentra. Supuestamente, el Delfín ha sido pillado “explorando su cuerpo”, cosa lógica en un preadolescente, al que rápidamente se empieza a interrogar y a convencer que eso lo provocaron su perversa madre y tía que no tienen límite en su lujuria incestuosa, se escenifica un juicio, y el niño, convencido u obligado a ello, declara las barbaridades que le han hecho aprender, su tía no puede gritar sino “¡monstruo!” y a su madre ya le han dado la última puñalada, con razón dirá, ya de camino hacia la conciergerie (supuestamente tribunal, pero en realidad, garantía de muerte), tras golpearse la cabeza y caerse, cuando le preguntan si está bien, ella responde “sí, ahora ya nada puede hacerme daño”. Pero María Antonieta sabe morir como lo que ha sido y es: una archiduquesa de Austria y Reina de Francia; los furibundos periódicos revolucionarios tienen que reconocer que “no bajo la cabeza ni un momento la maldita”, sí, a esa prematuramente avejentada mujer, curtida por todos los dolores que se pueden sufrir, no necesita grandes vestidos, ni impresionantes carruajes ni tiaras, no, va en un carro de vacas pero no pierde la dignidad, sube las escaleras del patíbulo como si mármol de Versalles fueran (se dice que pisó al verdugo y que a continuación dijo “disculpe, no lo he hecho a propósito”) y mientras el pueblo la insulta y le dice “come pasteles”, frase que nunca pronunció, ella se resigna a su final y muere como una gran Reina en medio de la barbarie. Quizás la historia le concedió un último triunfo, es conocida (aunque esto no sea cierto) como la última Reina de Francia, y una de las figuras históricas más famosas. Su hijo (eterno misterio, ¿sobrevivió?, ¿no sobrevivió?) no reinaría, y en su lugar, con la restauración, y después de que la revolución hubiera devorado a todos sus hijos, gobernaría su cuñado, como Luís XVIII envidioso que pudo tener bastante que ver en la caída de los Reyes. Reinas trágicas IIParte 2
-Isabel II de España (1830-1904): Si las anteriores Reinas os han parecido trágicas, es probable que ninguna supere a Isabel, cuya tragedia comenzó incluso antes de su nacimiento, y durante toda su vida se vio rodeada de verdaderos monstruos de ambición (lo cierto es que recuerda mucho a las heroínas románticas de las novelas de su época: La Regenta, Fortunata y Jacinta...), mientras ella, bondadosa por naturaleza, lo perdonaba todo; sí, con razón acabó siendo llamada por el escritor Benito Perez Galdós "la Reina de los tristes destinos".
Sí, antes de nacer Isabel, reinaba Fernando VII de Borbón, dinastía que había traído consigo de Francia la ley sálica (ley que impedía y negaba derechos a las mujeres sobre un trono, la cual se había instaurado definitivamente para evitar guerras tales como la de los 100 años; aunque en España no venía a nada, pues si bien había primacía del varón, la mujer nunca estuvo excluida del trono); el monarca, que tuvo que pasar por hasta cuatro esposas para tener hijos, con la última, María Cristina, vio por fin cumplido su deseo de la esperada descendencia, aunque fuese femenina, afortunadamente, años antes, la ley sálica había sido abolida a favor de la pragmática sanción, que permitía a las mujeres heredar; pero había alguien que no estaba dispuesto a admitirlo, el que se había visto como heredero durante todo ese tiempo, el Infante Carlos, hermano del Rey, que rápidamente, a pesar de las ordenes del monarca, no aceptaría a la niña recién nacida como heredera y esperaría pacientemente su momento, un bebé no iba a acabar con sus pretensiones, y la recién nacida Isabel, aún apenas nacida, ya tiene un archienemigo que hará lo que sea para arrebatarle el trono y que no dejará de cuestionar sus derechos. El nacimiento de una segunda hija de este matrimonio (la Infanta Luisa Fernanda), consolidará la posición de Isabel y reforzará las ideas del Infante Carlos y de sus partidarios. Fernando VII, no obstante, ya se ha asegurado de que todo sea legal para que su hija pueda reinar, pero entonces, enferma. La Princesa de Asturias (es decir, Isabel, la heredera) no tendrá más de dos años y aunque el testamento dice que la Reina deberá de ser la regente de España durante la menor edad de su hija, pronto varios intrigantes la hacen creer que no tiene el apoyo de la nación, la Reina está aterrada, y es convencida de que debe de hacer revocar a su marido, en su supuesto lecho de muerte, la pragmática sanción, y que su hija no gobierne, Fernando VII, totalmente débil, accede. La Princesa parecía haber perdido el trono a favor de su tío, pero para sorpresa de todos, el Rey se restablece, y naturalmente, vuelve a imponer a su hija como heredera; mientras tanto, la hermana de María Cristina, la Infanta Carlota, la pone verde y la califica de “regina de galleria”; pero todo ello sólo ha demostrado la falta de carácter de la regente, que nunca se sentirá segura si no es teniendo al ejército a su favor; y que irá acumulando cada vez mayor manía hacia su hermana, que parece obsesionada con gobernar. Mientras, Isabel, en cuestión de semanas, ha perdido y recuperado el trono con tan solo dos años. A los tres años pierde a su padre, la primera de sus grandes perdidas; pero no será la única tragedia del momento, mientras la Reina pasa a ser la “Reina gobernadora”, el Infante Carlos no pierde el tiempo y comienza una guerra civil (primera guerra carlista) con el objetivo de hacerse con el trono y deshacerse de su sobrina de tres años. Isabel, es proclamada inmediatamente Reina a esa edad, pasando a ser Isabel II (y siempre se vería comparada con la primera Isabel, la católica), no todos los países la reconocen, dando así esperanzas a los carlistas. Realizar la ceremonia con una niña tan pequeña es complicado, pero eso es lo menos importante, puesto que todos empiezan a notar en el besamanos, la especial aspereza de la piel de la nueva Reina, claro síntoma de mala salud. La Reina gobernadora intenta mantener el absolutismo heredado de su marido, pero no puede, lo cierto es que no tiene aptitudes políticas y sólo sabe rodearse de camarillas sin fuerza suficiente para imponer su voluntad; por encima, la mayoría de los conservadores que podrían apoyar la opción que ella desea, se han puesto de parte del Infante, y pronto ve que no queda más remedio que hacer una aproximación a los liberales; y se hizo, con una especie de constitución, el estatuto real, que apenas recortaba las prerrogativas reales (y aún dentro de sus partidarios encontrará gente muy decidida a derrocarla, como su propia hermana Carlota, que alejada del poder, no parará de intrigar incesantemente, aún después de haberse ido a Francia). Los jefes de gobierno se suceden (algunos son detestados por la Reina gobernadora), y las revoluciones también, en 1835 y 1836; que obligan a una mayor liberalidad (puesto que los liberales se dividen en moderados y progresistas); María Cristina trata de imponer siempre a los moderados, pero finalmente tendrá que cargar con un progresista demasiado popular: el general Espartero (que ha acabado con la guerra carlista); sí, la Reina gobernadora ha conseguido hacerse impopular (y por encima se ha vuelto a casar en secreto con un militar) y cada vez resulta más humillante que siempre que aparecen juntos el Duque de la Victoria y ella, él salga más aclamado; Espartero además no se deja seducir por ella; con lo cual acaban declarándose la guerra cuando la monarca sanciona una ley a sabiendas de lo en contra de ella que estaba el general. El resultado acaba siendo que ante la inmensa popularidad de él, ella acaba renunciando a la regencia (hay versiones sobre si Espartero la obligó a ello o si ella lo hizo para dejarle a él como un monstruo que separa a una hija de su madre); es así, como Isabel II ve partir a su madre a los 10 años, probablemente sin entender gran cosa. Hay un punto que es importante aclarar, que la ya Reina madre se haya exiliado a la corte de Luís Felipe (pariente suyo) en París no significa en absoluto que deje de hacer política, no, en absoluto, ella tiene el deseo de volver, y de hacerlo triunfante; pero mientras tanto, ha sacrificado cruelmente a sus hijas, que se quedan aunque no en la teoría, sí en la práctica huérfanas; porque lo cierto es que a partir de ahí, Isabel II no tendrá influencia positiva de ningún tipo, nadie a quien seguir, y sobre todo, nadie a quien entregar todo el amor que ella posee (muestra de ello, es que cuando la condesa de Mina, asignada por los progresistas para ser la aya de la Reina se presenta ante esta, esperando un recibimiento frío, puesto que ha sido su partido el que le ha arrebatado a su madre, la niña, se lanza sobre ella y le da un abrazo como bienvenida). Sí, Espartero será el regente, pero es frío; y lo cierto es que ni en palacio la pobre niña puede estar tranquila, donde sólo hay espías, partidarios de uno u otro partido; sí, lo cierto es que todo son intrigas, y todo el mundo intenta llevar a la joven Reina hacia su lado, su propia madre, urdirá un plan para secuestrar a su hija y llevarla con ella, para luego volver triunfante, pero los generales que asaltan el palacio sólo consiguen llegar a la despensa. Detenido este incidente por otros generales progresistas, el regente le pide a la Reina que les conceda unos honores, por ser súbditos tan fieles que la han protegido; tan pronto la niña se va a cambiar, una de sus criadas le dice que de ningún modo debe darle honores a esos traidores, que piense en su pobre madre y que a quien debe de honrrar debe de ser a otras personas; la pobre niña, no sabe que hacer, ¿Cómo saber quien tiene razón?. Todo eso se acentúa cuando los asaltantes son condenados a muerte, hay quien en palacio le ruega por ellos, que son personas leales a ella y a su madre, otros le dicen que son traidores, todo el mundo la acosa, y cuando del agobio la pobre chica no puede más, rompe a llorar; la Reina sin embargo, siempre bondadosa, pide que no se les condene, pero el regente no hace caso. Durante ese tiempo, a pesar de que hubo quien dijo a la tutora “siga formándonos una Reina Victoria”, lo cierto es que nadie se preocupa realmente de la educación de la Reina de España, baste con decir que si había algo que suprimir eran siempre las lecciones y que entre ellas estaba el coser y el bordado (algo muy útil para una mujer burguesa de la época, pero lo que es para una Reina de España…); aunque con lo que Isabel realmente disfruta es con las lecciones de canto, en las que se revela como una gran mezzosoprano (es posible que hubiera sido una gran cantante de ópera), con su hermana acompañándola al piano, formando una pareja encantadora. Espartero pierde el poder y entran los moderados una vez más de una forma poco apropiada en esa incipiente democracia (las constituciones cambiaban con cada partido), y aunque hay personas con buena voluntad como Narváez que sí desea la alternancia de partidos, los ambiciosos no faltan, y no tendrán ningún problema en implicar al trono para defenderse, todo vale. Un gran ejemplo, es la proclamación de la mayoría de edad de la Reina, allí se tiene en cuenta cualquier cosa excepto si la Reina está o no preparada (tenía tan sólo 13 años), existen múltiples facciones, a María Cristina le interesa sumamente que suceda, así podrá volver a España, a los moderados partidarios de Olozága también; a los de Cortina en cambio no, porque se llevan mal con la Reina madre; y los progresistas también están divididos. Mientras, Isabel II, no puede sino lamentarse “¿y como voy a gobernar si yo de eso no sé nada?”. La pobre acaba siendo nombrada mayor de edad. Hay intentos de alternancia, se hace que un progresista Olozága, sea presidente del gobierno, pero a pesar de los acuerdos firmados entre partidos, rápidamente los olvida una vez en el poder, y hace firmar a la Reina una disolución de las cortes para poder reorganizarlas a su modo (¿por obligación?), cuando al día siguiente Isabel II se lo comenta a su haya la marquesa de Santa Cruz esta exclama “¡vuestra majestad a firmado la sentencia de muerte de la monarquía!”; Olozága saldrá, naturalmente muy perjudicado políticamente, y nunca se lo perdonará a la Reina, por lo que, a partir de ese momento, hará todo lo posible para hacerla caer. Narváez, acabará haciéndose con el poder, e inaugurando una de las etapas más estables (las de los moderados siempre lo fueron); María Cristina vuelve a España y vuelve a ver a sus hijas después de tantos años (aunque se irá de vez en cuando, cuando no esté de acuerdo con el jefe del gobierno). Pero la tranquilidad nunca llega, pronto se suscitará otra importante cuestión: el matrimonio de la Reina, que pronto se convierte en una cuestión internacional en la que todo el mundo opina, todo el mundo, excepto la Reina Isabel II, claro; la cual sólo oye leves rumores de posibles candidatos y pregunta “¿es cierto que me van a casar?”. Una vez más todo el mundo tiene intereses (y ninguno a favor de la joven Reina); la Infanta Carlota ha hecho firmar hace años a su hermana un papel en el que destina a sus dos hijas a los dos hijos de ella, y defiende su legalidad una y otra vez (e incluso ha llegado hasta el punto de ir a palacio a presentarle a su hijo mayor en secreto a la Reina); María Cristina no puede ni ver a su hermana, y no quiere bajo ningún concepto casar a sus hijas con sus sobrinos, por el contrario, quiere casarlos con los hijos de Luís Felipe I de Francia que tan bien la ha recibido en Francia; pero a ello se opone radicalmente Inglaterra y Alemania, hasta el punto de que ambas naciones realizan el tratado de Eu según el cual Isabel deberá casarse con un descendiente de Felipe V (primer Rey de España de la rama Borbonica); ¿pero para que están los tratados si se puede negociar en secreto? Los moderados, María Cristina, los progresistas buscan candidatos en todas partes; aunque los hay que piensan que lo cierto es que no es realmente importante con quien se case, puesto que es una niña con mala salud, y probablemente no tenga hijos (aunque Isabel II demostrará que aunque siempre conservará su enfermedad de la piel, en lo demás estará enteramente saludable), así que nada de que la Infanta Luisa Fernanda se case (con Montpensier, como deseaba la Reina madre; que aunque nadie podía sospecharlo, sería uno de los principales artífices de la caída de la Reina) hasta que su hermana mayor esté casada y tenga hijos. El elegido gana porque nadie lo apoya realmente: Francisco de Asís, un gran triunfo para el hijo de la Infanta Carlota, que no lo ve porque está muerta. La Reina es casada a los 16 años. Francisco de Asís, homosexual o como mínimo bisexual, no podía tener un temperamento más contrario al de su mujer; retraído, en ocasiones mezquino, orgulloso y frío, sólo se muestra cariñoso con su esposa cuando quiere algo de ella (también será uno de los que intriguen en contra de su propia mujer). Sobre él existen varias anécdotas contadas por la propia Isabel II, en las que, con su modo de hablar tan castizo, tan gracioso, se dijo que cuando le anunciaron quien sería su marido, ella respondió “¡con Paquita no!” y por si esto fuera poco, también declararía, a un embajador mucho tiempo después hablando de su marido: “pero excelencia, ¿qué se puede decir de un hombre que en la noche de bodas llevaba más puntillas que yo?”. El matrimonio ha sido acordado por los moderados y por eso ya hay muchos interesados en que fracase; y no es difícil, la real pareja, con caracteres tan distintos no se lleva bien; Isabel es buena, generosa, abierta, encantadora, trata de acercar a la gente a sí misma, amante de la equitación y de las salidas al aire libre siempre ha sido así y nadie puede cambiarla; él es todo lo contrario. Así pues, cuando el Rey consorte mantiene "amistades" masculinas y femeninas, la Reina también decidirá hacer lo mismo; cosa que la condenará para la historia (¿cuántos la han acusado de ninfómana?, pero en cambio, ¿hay algún Rey del que se haya dicho que padecía satiriasis?); y todos esperan sacar tajada de ella, que ingenua y generosa a más no poder, da lo que se le pide ¿qué el gobierno le pide que que les perdone la deuda millonaria que tienen con la Casa Real y que tan necesaria será de ser cobrada cuando nazcan los hijos? perdonada, ¿que pide dinero? concedido, ¿qué se necesita traer una máquina del extranjero para crear una fábrica? por supuesto; la gente no se cansa de pedir y ella tampoco de dar. Así, su primer amor, “el general bonito” Serrano, es un escándalo público, él se afilia a los progresistas, y se oyen vivas a la Reina en el teatro, en la calle, como aplaudiendo su elección; el Rey consorte se enfada, se marcha al Pardo y abandona a la Reina durante meses por más que ella le suplica y le pide perdón, todo Madrid ve las lágrimas de la Reina (que sigue cumpliendo puntualmente, y a pesar de todo, todos sus compromisos) y el consorte nunca será popular después de eso (aunque protagonizará más altercados de este tipo a lo largo del reinado, cada vez que tiene un capricho, cosa que Narvaez no le consiente y llega a ponerlo bajo arresto). La Reina tendrá cinco hijos que llegarán a la edad adulta (tuvo otros abortos e hijos que murieron siendo niños). Isabel II continuará un reinado sumamente complicado, en el que todo el mundo tiene algo que decir, y que se resume en sus propias palabras: “alguien me decía, debes hacer esto, luego otro decía, no debes hacer lo otro, y luego llegaba un tercero que decía, ni lo uno ni lo otro, debes hacer aquello”; incluido un golpe de estado progresista con un gobierno que duraría dos años; y en el que se incluirían desamortizaciones a la Iglesia que Isabel II como buena católica no era capaz de admitir (especialmente porque llegó a ser dominada por su confesor y por la monja sor patrocinio; así, la Reina tanto pasaba de una devoción fanática a tener un nuevo amante); por lo que le regalaría al Papa una nueva tiara, al recibirla, este la despiezó y entregó el dinero a los pobres. Los moderados volverían a gobernar, pero Isabel II está más que decidida a gobernar y a ejercer como Reina, pero poco a poco se irá quedando sola cuando sus partidarios vayan desapareciendo; muchos ya traman contra complots contra ella (incluidos familiares), y se acaba acordando que no se sabe que pasará luego, pero hay que derrocar a Isabel II. Se manipulará al pueblo para que organice una revolución “la gloriosa”, (aunque es cierto que aquellos años fueron de crisis y que había cierto descontento político), así que empezarían a oírse por las calles gritos en contra de la dinastía. Revolución, batallas, Isabel II acaba teniendo que abandonar el trono, se marcha a París donde vivirá exiliada, allí, protagonizará varias anécdotas: como cuando decide regalarle a una doncella un vestido, cuando esta lo usa, descubre fajo de billetes dentro, así que, honradamente va a devolvérselos a la ex-monarca, la cual le responde, “quédatelos, son un adorno del vestido”; su generosidad era tan conocida, que un abogado le pidió que no aceptaría regalos valiosos, ella le pidió que al menos aceptara un retrato, a lo que el le respondió, “de acuerdo, pero sin joyas”; efectivamente, Isabel le mandaría un retrato en la que ella aparecía sin ninguna joya, pero el marco, era de la más fina pedrería, el abogado, aceptó el retrato y devolvió el marco. Desde París, vería también como su dinastía era sustituida por los Saboya, pues España, lógicamente, era incapaz de proclamarse república; debido a la poca resistencia de Amadeo I, que renunció al trono y abandonó el país con la frase “me parece estar volviendo de un viaje a la luna” (inestabilidad absoluta); teniéndose que proclamar el país, en palabras de un político, “una república sin republicanos”, que afortunadamente sólo duraría unos meses. Isabel II debía de hacer ahora la mayor renuncia, si quería que se restaurase la monarquía, debía abdicar en su hijo Alfonso, perdiendo de ese modo y para siempre la posibilidad de volver a reinar; lo hizo, y Alfonso XII fue proclamado Rey, lo que vino compensado con otro disgusto, la mujer que su hijo había elegido era su prima, hija de aquel Montpensier que no había parado de intrigar para derribarla; lo que empeoraría mucho las relaciones con su hijo. Con la muerte, a los pocos meses de esa esposa, Isabel iría y vendría a España, y podría ver la consolidación de la monarquía con el sistema canovista: Alfonso XII, la regencia de María Cristina y después el principio del reinado de Alfonso XIII.
-Sissí (1837-1898): Conocida por ese apodo, Isabel de Wittelsbach no estaba destinada a ser la consorte del emperador de Austria, todo se le vino encima y aunque muchas veces no dudó en ayudar a las causas que creía justas, sobre todo trató de huir desesperadamente en busca de la felicidad (de una forma muy parecida a la de su primo Luís II, que conocemos por el relato de aquí en Universo de A, La herencia del Rey loco). A pesar de que Sissí pertenecía a la dinastía real de Baviera, lo cierto es que sus primeros años y su vida estuvieron muy alejados de una vida “de Princesa”, no, ella vivía en una casa familiar en el campo, donde podía practicar deportes, hablaba sin ningún problema con todos los habitantes del lugar y no estaba constreñida a ningún tipo de norma, ella y sus muchos hermanos. Pero esa vida idílica acabaría por sorpresa a los 16 años y de la forma más inesperada; su madre, Ludovico, llevó a una buena parte de la familia a ver a su hermana, la Archiduquesa Sofía, con la esperanza de presentar y ya planificar un enlace de la hija mayor: Elena. Eso nunca ocurriría; el joven Emperador, Francisco José se quedaría prendado de Sissí, su gusto fue respetado, y la pareja se casó enamorada. Antes de continuar, es bueno saber algo más sobre la corte vienesa de la época y como había llegado a esa situación; El anterior Emperador había sido bastante inútil y no estaba capacitado para su puesto, conscientes todos de eso, y sabiendo que el siguiente hermano que ostentaba los derechos (y con el que estaba casado la archiduquesa), no era nada más allá, Sofía pronto vio claro hacia donde iría todo: su hijo, Francisco José, este fue extremadamente disciplinado, y su madre le impuso un modo de hacer tremendamente ordenado que conservaría el resto de sus días; sí, ahora sólo cabía aguardar la esperada abdicación. Y sucedió, la Archiduquesa había triunfado, y nada más nombrado su hijo como Emperador, se alzó como jefa de palacio y no permitió que nada se moviera sin su consentimiento, extremadamente conservadora, mantenía todas las tradiciones con rigor, pero Europa estaba, o más bien, había cambiado (por primera vez en la historia de la nación se atentó contra el Emperador cuando este paseaba libremente por la muralla; lo que fue asombroso, pues durante toda la historia, todos los extranjeros no cabían en su asombro al ver como la Familia Imperial se paseaba sin ningún tipo de escolta por toda Viena; en todo caso, aquella intentona nunca fue perdonada por la Archiduquesa). Sissí, como se habrá adivinado, era todo lo contrario, y rápidamente empezaría a tener problemas de adaptación a la estricta etiqueta de la corte, aquella permanente vida pública resultaba agotadora e insufrible para la joven que no soportaba que cualquiera pudiese entrar en sus habitaciones cuando quisiese para los “cercles” por el hecho de tener un alto rango. En cuanto a Francisco José, se dice que no tardó en tener amantes, y la joven Emperatriz vio como tendría que aguantar eso, quisiera o no. Naturalmente se enfadó con su marido, y volvió a su casa en alguna ocasión, pero allí le hicieron ver rápidamente que ella había dejado de ser quien había sido y ahora era la Emperatriz de Austria, tendría que resignarse. Pero esos serían pronto los menores de sus problemas, cumpliendo con su principal deber como consorte, proporcionó una posible heredera al Imperio, una niña llamada Sofía; la archiduquesa, inmediatamente quiso ponerla a su cuidado, debía de hacer tan buen trabajo como con su hijo, y no paró hasta arrebatársela a la pobre Emperatriz, pero Sissí no estaba dispuesta a ceder, esta vez sí que no, volvería con sus padres, pediría su intercesión, rogaría a su marido, haría cualquier cosa para recuperar a su hija, que debía criar ella pues era su madre; la archiduquesa Sofía no dejaba de argumentar la escasa preparación de la joven Emperatriz y la necesidad de un constante cuidado de una posible heredera del Imperio, pero finalmente los argumentos maternales pudieron más. Desgraciadamente para Sissí, su hija murió en un viaje a Hungría a los dos años. Aprovechándose de esta circunstancia, la archiduquesa Sofía vio su gran oportunidad para declarar la incompetencia de la Emperatriz y el absurdo de haber sometido a una niña tan pequeña a semejante viaje; Sissí débil, y el Emperador escarmentado, además de una madre con una influencia casi absoluta, lograron que la Emperatriz no pudiera volver a criar a sus hijos, que se le arrebataban nada más nacer entregándolos a la archiduquesa, y fue así como Sissí vio como sus hijos crecían como auténticos desconocidos que se dirigían a ella con toda la formalidad y el cariño que el protocolo permitía, Gisela primero, y luego Rodolfo. Sissí por otra parte, seguía sin integrarse en la corte a pesar del tiempo que pasaba, y todo el mundo a quien conseguía entregar su confianza parecía traicionarla (su cuñado Luís Víctor por ejemplo); si a eso complementamos el hecho de que supo como su querido primo Luís II de Baviera, tan parecido a ella moría en circunstancias tan extrañas, pues todo eso no ayudaba. Quizás por eso empezó a obsesionarse con su fijo, sí, todo el mundo diría que era rara, pero también dirían que era perfecta y hermosa; así empezó a obsesionarse con no pasar de los 45 kilos, y a pesar de las advertencias médicas practicaba dietas exhaustivas y practicaba ejercicio sin descanso, ya fuera al aire libre con kilométricas caminatas o en sus habitaciones donde había ordenado poner aparatos de gimnasia (que aún se pueden ver en el palacio de Holfburg); eso sin nombrar sus arreglos personales, el peinado de su pelo llevaba cuatro horas; pero, el mito de su hermosura ha perdurado a través del tiempo (y también de su supuesta anorexia, aunque no creo que se pueda decir tal cosa). Pero Sissí estaba muy lejos de preocuparse sólo por el físico, de grandes inquietudes intelectuales: era una gran liberal, escribía poemas, leía a los grandes autores, estudiaba todo tipo de cosas (durante sus largos peinados), incluidos idiomas, algunos no muy del gusto de su suegra, como el húngaro, nación por la que llegó a sentir un gran aprecio (estudio su cultura, la visitó, disfrutaba descubriendo nuevas cosas…), hasta el punto de influir en su marido para que, viendo el cada vez más creciente nacionalismo, ser coronados como Reyes de Hungría y de ese modo apaciguar la situación, nacía así el famoso Imperio Austro-húngaro. Desgraciadamente, esas influencias en política sólo la volvieron más impopular en Viena, donde se llegó a inventar el malicioso rumor de que la última hija que había tenido, María Valeria, era hija de Andrassy, un destacado conde nacionalista con el que la Emperatriz había tenido una buena relación y gracias a la cual se había facilitado el dialogo evitando problemas mayores; y lo cierto es que efectivamente Sissí quería mucho a María Valeria, pero eso era porque era la única a la que se le había permitido cuidar. Pero a esas alturas Sissí ya se había decidido a ignorar totalmente a aquella corte que ya hacía mucho tiempo que odiaba y cumplir sólo con lo justo, ya estaba aburrida de todos, les había dado herederos para el imperio, cumplía con las funciones básicas, su trabajo estaba hecho, o al menos ella así lo consideraba. Quizás por eso, debido a esa fobia a la horrible corte vienesa, y al cada vez mayor alejamiento de su marido, tuvo problemas de salud, por lo que tuvo ir a balnearios, pero esos sólo fueron los primeros viajes, puesto que estes pequeños traslados se irían convirtiendo con cada vez más frecuencia en incansables periplos por toda Europa (dado que a Hungría no podía ir para que no se rumorease); sí, adiós a la siempre pérfida corte donde no tenía ningún aliado y donde a sus damas fieles (como la húngara Ida Ferenzy) se las maltrataba y se les trataba de hacer trampas todo el rato; se acabó el espionaje constante (y una vez muerta la archiduquesa Sofía mejor que mejor), ahora por fin alcanzaba la libertad que tanto anhelaba, viajando, conociendo, disfrutando. Sólo llegaría a acomodarse en la isla de Corfú (Grecia), donde construiría una villa, a la que le tendría gran aprecio, dedicada al heróe Aquiles, y en la que pasaría largas temporadas. Tal vez en esa huída constante, Sissí había alcanzado algo de felicidad, pero por mucho que huyas, las desgracias siempre te alcanzaran, estando en Viena, la Emperatriz recibía la noticia más terrible que puede recibir una madre: la del suicidio de su hijo. Pobre Rodolfo, aquel chico sensible que había heredado tantas características de su madre; educado estrictísimamente por ser el Príncipe heredero, no faltarían los tutores crueles, como militares con pocas actitudes pedagógicas, crecería abocado a un gran liberalismo, y como gran enemigo de la Prusia y de su Emperador, por eso sería un disgusto y una frustración permanente que su padre no le dejara intervenir de ningún modo en el gobierno (quizás porque el Emperador sabía que se juntaba con radicales peligrosos); todas estas circunstancias, y una frustración continua llevaron a que el Príncipe heredero se suicidara de un modo planificado en el pabellón de caza de Mayerling con su joven amante, una baronesa. Sissí fue la primera en recibir la terrible noticia, cuando lo hizo, vio que el Emperador estaba a punto de cruzar la puerta, y le pidió que no lo hiciera para acabar de oírla y tratar de dársela ella con el mayor tacto posible; cuando el Emperador lo supo se lamentó mucho, no sólo había perdido a un hijo, sino al heredero del Imperio, y sospechaba, y con razón, que se estaba muy cerca del fin, la poderosa dinastía de los Habsburgo que había ostentado las coronas más poderosas y prestigiosas de Europa pronto daría su canto de cisne; Francisco José nunca se recuperaría. Sissí por su parte, aunque llegó a pensar en vender su apreciada villa de Corfú, finalmente decidió ya viajar casi permanentemente, abandonando aquella Viena a la que ya nada debía; incluso acabó aceptando que su marido tuviera amantes e incluso se las buscó, como la actriz Katharina Schratt, a la que ambos en privado llamaban “la amiga”, y que se convirtió en uno de los grandes consuelos durante toda la vida de Francisco José. A partir de determinada edad, ya no permitió que se la retratase o fotografiase, interponiendo siempre un objeto (un abanico, por ejemplo) en caso de que se intentase, para que la idea de su belleza juvenil siempre perdurase. Así siguió usando sus viajes como método de huída, pero, como no, la última desgracia la encontraría de nuevo; Sissí, en Suiza, firmando siempre con un nombre falso (especialmente si iba a algún Reino, quería evitar recepciones y ceremoniales a toda costa) era sobradamente conocida; por eso, no le fue difícil de identificar a un anarquista que llevaba mucho tiempo preparando un crimen que le llevase a la primera página de los periódicos y que le hiciese entrar en la historia, la víctima era el Rey de Francia, pero este había cancelado su viaje; no importa, está la Emperatriz de Austria-Hungría, cierto que es algo conocido su talante liberal, ¿pero no es una Emperatriz acaso?; con una aguja hecha con un hueso en la cárcel dónde había estudiado anatomía sin descanso, y un simple empujón en la zona adecuada, el anarquista habiendo hecho un simple agujero en la piel, pero sin embargo una perforación en órganos vitales; Sissí y su dama no notaron nada pensando que aquello había sido para robarle el reloj, Sissí se desmayaría en el barco y entonces se descubriría como se iba desangrando poco a poco, moriría en el hotel donde se hospedaba, y el anarquista se suicidaría en su celda con su cinturón. Finalmente, Sissí no pudo huir más, pero al menos, fue su última desgracia.
Bueno, espero que haya resultado interesante, sí, ya sé que muchos diréis que no son sólo estas las únicas trágicas, ¡pero es una selección! (como por ejemplo, yo ya hecho de menos a Catalina de Aragón, primera esposa de Enrique VIII o a Alejandra Fiodorovna, última Zarina de Rusia), vamos, que no están todas las que son, pero sí son todas las que están; en cualquier caso, si queréis aportar vosotros también alguna Reina trágica, tal aportación es muy bienvenida; y ahora una pregunta un tanto frívola, ¿cuál os ha parecido más trágica de las cinco sobre las que he escrito?. |
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